En las faldas de las montañas, donde el viento helado silbaba entre los pinos y la nieve cubría los caminos en invierno, vivía un perro llamado Dobre. Su nombre, que en la lengua de su dueño significaba «amable», le venía como anillo al dedo, pues Dobre poseía un corazón tan cálido como el fuego de la chimenea. Su pelaje era un hermoso tejido preparado para el invierno, sus orejas eran puntiagudas y sus ojos, de un azul profundo y leal, reflejaban una bondad inagotable.
Dobre vivía con un hombre llamado Bogdan, un cazador robusto y hosco que había dedicado toda su vida a seguir las huellas de los animales del bosque. Bogdan había acogido a Dobre con la esperanza de que el cachorro se convirtiera en un compañero de caza sin igual. Al principio, se sintió esperanzado. Dobre era fuerte, rápido y, sobre todo, poseía un olfato que rozaba lo milagroso, capaz de distinguir un conejo de un zorro a cien metros de distancia.
Sin embargo, a medida que Dobre crecía, se hizo evidente un rasgo que su dueño consideraba un defecto fatal: Dobre no quería cazar. O, para ser más precisos, no podía.
Cada vez que Bogdan lo llevaba al bosque y le ordenaba seguir el rastro de un animal, Dobre lo hacía con entusiasmo, moviendo su cola con fervor. Pero en el momento decisivo, al acorralar a la presa, Dobre se detenía. En lugar de ladrar o atacar, se limitaba a mirar al animal con esos ojos bondadosos, y a veces, incluso, dejaba escapar un suave gemido de disculpa. Las presas escapaban, y Bogdan regresaba a casa con las manos vacías y el rostro encendido de frustración.
“¡Eres inútil, Dobre! ¡Inútil!”, bramaba Bogdan, arrojando su escopeta sobre la mesa. “Tanto potencial, el mejor olfato que he visto, y solo sirves para ahuyentar la cena. Un perro de caza que no caza no es más que una boca que alimentar.”
El cazador intentó adiestrarlo de todas las maneras, recurriendo a veces a la dureza, pero la naturaleza amable de Dobre era inmutable. El perro lo amaba, seguía todas sus órdenes excepto la de dañar a otro ser vivo. Con el tiempo, la paciencia de Bogdan se agotó, superada por la necesidad de asegurar su sustento en el duro invierno.
Una mañana, después de un fallido intento de cazar un ciervo, Bogdan ató la correa de Dobre a un árbol en la linde del bosque, lejos de su cabaña. Dejó un pequeño cuenco de agua y un trozo de pan seco.
“Hasta aquí hemos llegado, Dobre,” dijo con una voz áspera que intentaba sonar firme: “No puedes quedarte. No sirves para cazar y no puedo mantenerte. Quizá otro dueño, en otro lugar, aprecie tu… tu bondad.”
Bogdan se dio la vuelta sin mirar atrás, sus botas crujiendo en la escarcha. Dobre, sin entender nada de lo que sucedía, pero sintiendo la frialdad de la despedida, se quedó quieto, sus ojos fijos en la figura de su amo que se alejaba. El silencio que siguió a la partida de Bogdan era tan inmenso como su tristeza.
Dobre pasó los días siguientes vagando por el bosque. Su olfato, el don que no había complacido a su dueño, se convirtió en su única herramienta de supervivencia, guiándolo hacia bayas comestibles o restos de comida. Se sentía solo y confundido, no comprendía lo que había ocurrido…pero su corazón, a pesar del abandono, seguía siendo noble.
Mientras tanto, en el pueblo cercano, vivía la familia Farkasov. Tenían un hijo de siete años llamado Luca. Luca era el niño más juguetón y travieso de la comarca. Le encantaba explorar, desafiar los límites y, a menudo, desobedecer las advertencias de sus padres, especialmente en invierno.
“¡Luca, no vayas cerca del Lago Espejo! La capa de hielo es traicionera”, le había advertido su madre docenas de veces.
Pero ese día, el sol brillaba con un engañoso calor invernal. Luca y sus dos mejores amigos jugaban cerca del famoso Lago Espejo. El lago se había congelado, formando una superficie blanca y brillante que parecía invitar al peligro.
“¡A ver quién llega más lejos sin caerse!”, gritó Luca, riendo y dando un pisotón juguetón en el borde del hielo. Sus amigos lo siguieron, todos con el corazón latiéndoles fuerte por la adrenalina de la desobediencia.
Mientras más avanzaban, más delgada se hacía la capa de hielo, hasta que… ¡CRACK!
El grito de Luca se ahogó en el gélido chapuzón. El hielo se rompió bajo sus pies, y cayó en las aguas heladas. Sus amigos, aterrorizados, se detuvieron en seco. El shock del agua fría le cortó la respiración. Gritaron pidiendo ayuda, pero estaban demasiado lejos del pueblo, y nadie les escuchó. El frío intenso, el peso de su ropa mojada y el pánico estaban a punto de consumirlo.
A una distancia considerable, en la espesura del bosque, Dobre se había detenido a beber de un riachuelo. De repente, su nariz se levantó. Su cuerpo se tensó. El aire, que para otros era simplemente aire frío, para Dobre era un torrente de información. Podía oler el terror, la humedad penetrante del agua helada y, lo más importante, el olor distintivo de un niño en peligro. Era una mezcla de adrenalina y agua dulce que su instinto no podía ignorar.
Sin dudarlo, Dobre despegó a la carrera.
Ignorando el cansancio y el hambre, siguió el rastro, guiado por la intensidad del aroma. El bosque se transformó en una difusa mancha canela y blanca mientras sus patas volaban sobre la nieve. Llegó a la orilla del Lago Espejo justo a tiempo para ver la pequeña cabeza de Luca luchando débilmente por mantenerse a flote en el hueco oscuro del hielo roto. Los otros niños estaban petrificados y lloraban desconsolados.
Dobre no ladró, sino que emitió un aullido fuerte y claro que resonó en el valle. Corrió hacia el borde del hielo, pero, con una inteligencia instintiva, se detuvo antes de alcanzar la parte frágil. Se acostó boca abajo, distribuyendo su peso, y se arrastró lentamente hasta que su hocico estuvo a la distancia justa de la mano extendida de Luca.
“¡Agárrate, niño! ¡Agárrate fuerte!”, gritó Dobre en el silencio, aunque Luca solo podía oír sus jadeos.
Luca, luchando contra el entumecimiento, alargó un dedo desesperado y logró agarrar con fuerza el grueso pelaje del cuello de Dobre. El perro, con un gruñido de esfuerzo, y utilizando la fricción de sus garras, comenzó a retroceder centímetro a centímetro. La tracción era mínima, el peligro inminente.
Finalmente, con un último y poderoso tirón, Dobre logró arrastrar al niño hasta la orilla segura. Luca yacía jadeando en la nieve, mojado y temblando, pero vivo. El perro se acurrucó a su lado, lamiéndole la cara y el cabello para proporcionarle el calor de su cuerpo y evitar que se durmiera.
Los amigos de Luca, viendo que el peligro había pasado, corrieron hacia el pueblo, pidiendo ayuda. En poco tiempo, los padres de Luca llegaron aterrorizados.
Al ver a su hijo temblando, pero respirando, junto a un perro desconocido que lo cubría con su cuerpo, la madre de Luca, Anna, rompió a llorar de alivio. El padre de Luca, Jan, se acercó al perro con cautela.
“¿Quién es este perro?”, preguntó, con la voz temblando de emoción.
“No lo sé, papá,” dijo Luca, con voz débil. “Pero él… él me salvó. Me sacó del agua”.
La familia llevó a Luca a casa, lo secaron y lo abrigaron. Dobre, sin que nadie se lo pidiera, se quedó en la puerta, vigilando. Cuando Luca estuvo fuera de peligro, la familia se acercó al perro.
Descubrieron por vecinos que Dobre era el perro de Bogdan, el cazador, y que había sido abandonado por no servir para la caza.
Anna, abrazando a su hijo, miró a Dobre y sintió que su corazón se llenaba de una gratitud abrumadora. El perro que su antiguo dueño había descartado por un defecto, había usado su mayor virtud, su olfato y su bondad, para salvar la vida de su hijo.
“Bogdan estaba equivocado,” dijo Luca, acariciando la cabeza de Dobre, que respondió rozando su hocico contra él.. “Este perro no es inútil. Es un héroe. Su olfato es más valioso que cualquier trofeo de caza.”
La familia Luca no lo dudó. Adoptaron a Dobre.
Dobre nunca cazó, pero se convirtió en el perro más querido de la familia. Siempre estaba cerca de Luca, vigilándolo con ese olfato que ahora usaba para asegurarse de que su amigo travieso estuviera seguro. Su lugar no estaba en la caza, sino en el corazón de un hogar que finalmente lo valoraba por quién era, y no por lo que no podía hacer.
De esta manera, aquello que alguien desechó como un defecto, se convirtió en el don que salvó la vida de aquel niño.










