En el refugio, perros y voluntarios formamos una pequeña familia. Cada mañana y cada tarde estamos allí para pasar tiempo con ellos, cuidar sus espacios y asegurarnos de que a cada uno no le falte lo que necesita. Aunque cada día es diferente, todos tienen algo en común: mucho trabajo, mucho amor y muchas patitas moviéndose de un lado a otro.
Nuestros colegas perrunos salen al recreo a jugar y, mientras disfrutan de su rato al aire libre, los voluntarios nos ponemos manos a la obra: limpiar sus casitas, cambiar y lavar mantas, fregar cuencos, rellenar bebederos, barrer, desinfectar… Ser voluntario tiene su parte más dura, pero cuando todo queda listo, llega la mejor recompensa: volver con ellos.
No todos los perros son iguales. Algunos quieren jugar sin parar, otros prefieren caricias tranquilas o simplemente sentarse a tu lado en silencio. Cada uno tiene su carácter, su historia y su forma de pedirse un poco de cariño.
Cuando el recreo termina, llega uno de sus momentos favoritos: la hora de comer. Cada perro tiene su alimentación específica, porque aquí intentamos adaptarnos a sus necesidades. Tras la comida, muchos buscan un rayito de sol y se tumban a disfrutar de una merecida siesta.
Y aunque el día continúa con más tareas y más cuidados, hay algo que nunca cambia: la sensación de saber que, durante unas horas, hemos hecho de este lugar un hogar un poquito más cálido para ellos.







